Sandman
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Cosas que se me ocurren…
Él y yo

 


Después de pasarse infinito planteándose por qué la gente se alejaba de él, el hombre del traje gris decidió emplear su tiempo en contar las hojas que caen de los árboles cuando las estaciones se llenan de gente que suspira simultáneamente, agitando la consciencia que hace caer dichas hojas.


Pero viendo que se aburría, y sonriendo de medio lado (sonreír de medio lado es especialmente complicado cuando las adversidades vienen de cara) empezó a mover las piernas. Una y después otra, y después la primera, y repitió el movimiento varias veces. Y continuó repitiendo, y de pronto, caminando, comenzó a correr. El mundo se convirtió en un borrón, una mancha que se desplaza a tu alrededor, que va mutando y desvirtuándose, indefinible. Sus pies volaban, por un instante, en el preciso instante en el que una pierna se levantaba y la otra todavía no se había posado ya. ESE momento se producía una y otra vez, un microsegundo por segundo, una décima de milagro por latido. Si sumáramos cada uno de esos momentos en perfecta lógica matemática tendríamos a nuestro hombre de traje gris volando por el cielo en este día de verano.


Cuando hubo corrido (o volado, como ustedes quieran mejor)  lo suficiente como para alejarse de cualquier núcleo urbano o rural, cuando todo lo que pudo haber sido  una concentración espontánea u organizada de seres humanos quedó lejos, vuestro hombre se replanteó la situación. El miedo, como un mosquito, o como una larva, empezó a incubarse en él. ¿No es el miedo – se decía – una excusa para la supervivencia? Agudiza el ingenio, hace de el hombre gris el hombre precavido. Dio un manotazo, plof, y el miedo cayó volando en círculos espirálicos concéntricos hasta que llego al suelo.


El hombre precavido-gris miró a su alrededor. Deseó en ese momento no desear nada. Y se quedó quieto muy quieto. Se detuvo tanto tanto que al final se detuvo incluso en el tiempo. Las partículas de tiempo se estrellaban a su alrededor pero él no se inmutaba frente a la perspectiva. La perspectiva, se dijo, es sólo una cuestión de posición. Depende de dónde te coloques, la perspectiva bien te guiña un ojo, que te pega la bofetada, que te provoca una náusea. La perspectiva, en dibujo, es lo más importante.


El hombre del traje gris-precavido había sido siempre nefasto en dibujo. Se acordaba de su última clase en el colegio. Mientras todos los demás compañeros se despedían por última vez, él se quedaba recuperando dibujo en una mesa.


Pero, ¿qué importaba ahora? Estaba detenido, que no congelado (el solecito le calentaba la corteza) Se sentía árbol, quizá. Con los brazos alzados al resplandor, con los pies como raíces anclados al suelo, inamovible. Detuvo también los pensamientos, como última consecuencia de su decisión.


Intento pensar en no pensar en nada. Intentó desear no desear nada. Intento creer que no creo nada.


Bien saben los que me conocen que nunca fui bueno en escribir finales. El hombre del traje gris-precavido-árbol tiene una corteza gris ahora. Algún hijo de mala madre le ha tallado con un cuchillo un nombre en algún costado de su cuerpo. Cuando llego a él me abraza. Le entiendo perfectamente, somos compañeros de sangre. No consiguió su objetivo nunca. Sigue deseando, sigue queriendo, sigue creyendo. Le comprendo, abrazo su filosofía que es la mía, me tumbo junto a él y abro mi libro favorito de Cortazar.


Me pongo a leer bajo su sombra y la escucha de un zumbido leve de insectos, y un chapoteo de agua cercano. El viento sopla y las partículas de tiempo se estrellan contra nosotros. Un súbito acceso de perspectiva me llega y suspiro.


El hombre del traje gris comprende que la gente no se aleja de él, sino que él se mueve más rápido que los demás. Yo comprendo que en una hora me levantaré a comer cuando mi estómago ruja como un león de la selva.


Los dos comprendemos que no se puede detener la vida.


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5.5.06 10:18


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