| Fin |
| A veces caes, A veces Vuelas |
| Rescatando del Olvido |
| Sueños |
| Un día mas |
| Canciones, sueños, todo es lo mismo |
| Pesadillas |
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Diez escalones
La tenía encerrada en una habitación pequeña, y oscura. Cada vez que subía a verla, el sonido de los pasos en la escalera, subiendo, se tornaba eléctrico, mohoso. Los pies se desplomaban uno a uno, clack clack clack hasta llegar al último. Detrás, la puerta de madera que la encerraba y más allá, había gemidos, había lloros y lágrimas, y si tenía mala suerte, había silencio. Le rogó, le imploró que no lo hiciera. Le suplicó. Eran las palabras las que quemaban dentro y eran las palabras las que violaban la dignidad en el exterior. Ella abría la boca en peticiones angustiosas que lo hacían todo difícil. Fue una locura. Muy complicado. Todo aquel pelo y aquella sangre, el conjuro y el libro, la tiza y la espada, y cosas peores que no se atrevía a mencionar. Pero funcionó. Primero hubo un estallido de color, y luego, luego una extraña mezcla en el aire a rosa y almizcle, y un golpe blando, suave, y una figura que se volvía real en el interior del círculo de tiza. Era preciosa, con aquel pelo largo, suave y sedoso cayendo en cascada, más allá de sus hombros y por su espalda. Sus piernas, desnudas, como el resto de su cuerpo, parecían frágiles. Toda ella era una figura delicada, tatuada contra el frío suelo (sabía que estaba frío porque él lo sentía a través de sus pies descalzos). Al principio, decidió no hablar. Fue mutuo. Ambos se observaban durante minutos y minutos, sin ninguna expresión en sus ojos. Ella sostenía la mirada, con aquellos portales azules claros que le penetraban en la cabeza como un taladro. No transmitían nada. El siempre acababa por bajar la mirada, apartar la cabeza, desandar el camino, cerrar la puerta de un golpe seco, como un latigazo de castigo. Siempre volvía, con la misma determinación, esperando una respuesta, una reacción, y ella siempre le miraba con aquellos ojos que no le ignoraban, ni le compadecían, no le amaban ni odiaban, aquellos ojos que le traspasaban llegando más lejos de él y por tanto llegando más que nada a él. Un día no pudo evitarlo más, y preguntó: ffice -¿Cuál es tu nombre? Ella le miro infinitamente, y tras un lapso e t e r n o de tiempo, contestó: - Yo solo tengo el nombre que tú me quieras dar. - Pero – dudó un instante - ¿eres la que quería traer? - Depende de…a quién quisieras traer. Y no dijo ninguna palabra más en todo aquel día. Desesperado, al final de la tarde y de miles de interrogantes martilleándole y taladrando su cabeza, bajó las escaleras de dos en dos. El día siguiente tuvo un sabor a arena en los labios. - Te equivocas conmigo –sus ojos azules clavados, su cuerpo desnudo apenas cubierto, sus pechos subiendo y bajando en una lenta respiración. –Nunca podré darte lo que me pides, y no obtendrás lo que has querido conseguir con todo esto. –dijo girando su mano alrededor y señalando el dibujo en tiza en el suelo. - Entonces sabes lo que deseo. Sabes lo que tienes que darme a cambio. Son muchos años en la sombra, sin un solo éxito, ni una sola mención en un puto periódico local. - Yo no puedo hacer nada por ti. - No me has entendido. Si no me das lo que quiero – se acarició el mentón, la crecida barba descuidada, y unas uñas comidas, destrozadas, aparecieron de las profundidades de su camisa – no saldrás nunca de aquí, ¿me entiendes? ¡nunca!- y golpeó con rabia la mesa de madera desvencijada. Ella simplemente le miró con aquella extraña ausencia. Aquello le enfureció aun más. Se imaginó que la pegaba, que cerraba el puño y lo estampaba contra su cara. Por desgracia no podía cruzar el círculo, o de lo contrario, ella moriría, o peor aún volvería allí de donde había sido forzada a venir. Sintió el dolor en sus dedos al apretar más fuerte, y se imaginó el rojo subiendo hacia la punta de ellos. Pasaron dos días, tres. Se sentaba invariablemente como desde años acostumbraba a hacer, enfrente de la hoja en blanco. Cogía el bolígrafo y no ocurría nada. Pasaban por su cabeza imágenes de su mujer, ahora ya su ex, y le dio por pensar en lo absurdo de desterrar ciertas cosas con un prefijo, simplemente. Es como si todo lo que significaba, todas las citas después de cenar y los besos húmedos, y todas las caricias y las promesas, todas las tardes en restaurantes chinos con amigos, y las de cines, las palabras pronunciadas ante el altar y los días de lenta agonía en convivencia, todo hubiera sido borrado, deleted, sin más, no ocurrió, no fue escrito ni siquiera concebido. Ex. Él colocaría un ex delante de muchas cosas en su vida que si que elegiría, y no delante de Silvia. Ex-Silvia. Se decía ex-mujer, así dolía menos, deberíamos decir los nombres propios, ex-Silvia, ex-Carmen, porque lo he dejado con Rosa, ahora es ex-Rosa. De esa forma, uno recordaría, pensó, que duele. Como las heridas en los dedos, latiendo. Uno recuerda, cuando se abre la herida, que sangra. Que hay un fluido vital corriendo invisible por las venas, debajo de la piel, el vello, debajo de la capa de grasa y el músculo. Adheridas, invisibles, hacen que funcione. Pero hasta que uno no abre un canal, para perder lo más querido, no entiende que se pierde lo que da la vida. Como la sangre. Siguió inmóvil, impasible, delante del papel. Escribió una palabra, dos. Lo dejó de nuevo. Recogió el bolígrafo, intentó pero esta vez ni siquiera tenía determinación de hacerlo. Al cuarto día subió al cuarto de nuevo. Al entrar, tuvo que acostumbrar su vista a la penumbra reinante. Por un momento tembló pensando que ella no se encontraba allí. Pero luego la divisó, en un rincón, contra el círculo de tiza, acurrucada contra una invisible pared que se levantara entre ella y las delimitaciones reales de la buhardilla. Al levantar ella la cara, pegó un respingo. No se había imaginado, que ella, siendo lo que era, pudiera envejecer o enfermar. Ahora se daba cuenta de su error, puesto que la cara que le miró estaba macilenta, pálida y desnutrida. El brillo en los ojos se había apagado ligeramente, aunque, como un cuchillo que tiene su filo desportillado, todavía guardaba una promesa de marcar y penetrar si se le daba la oportunidad, de una forma más salvaje y primaria. - Todo sigue igual – mencionó él, mirando al pequeño ventanuco en el bajo techo. - No veo que quieras cooperar – continuó. – Te costaría tan poco – dudó un momento. –Quizás bastaría con una novela, ¿un cuento quizás? – Giró la vista al lugar donde ella se encontraba – Un poema incluso sería suficiente. - Estás loco. – estalló ella – ¿no te das cuenta? No puedes forzar las cosas. Yo, como inspiración, llego sin que nadie me obligue. – Se intentó incorporar, tropezó ligeramente, cayó de rodillas. Él sintió el impulso de levantarla pero no podía traspasar el cerco. - No comprendes que hay motivos más oscuros, más profundos de todo lo que te ocurre. Has cometido un gran error apresándome en esta jaula. Todavía tienes tiempo – le suplicó, y aquí su voz se quebró por un momento. – Déjame marchar, déjame libre.- y las lágrimas que vio correr por sus mejillas produjeron un escalofrío bajo la camisa con olor a sudor que llevaba puesta. Meditó en silencio, observándola de reojo. Había empleado tanto esfuerzo, tanto tiempo en todo aquello. Sería tan sencillo como romper el círculo de tiza, con la punta de su bota. Fin de la historia. Libre otra vez, para no volver a visitarle nunca jamás. Ella parecía que seguía el curso de sus pensamientos, puesto que dio un quejido sordo, y volvió a acurrucarse en un rincón. - No hay punto de retorno para ti, Andrés. Oír el nombre en sus labios le persiguió en los laberintos de su cabeza cuando bajaba las escaleras. La última vez que subió a verla, ella ya no estaba allí. Nada más poner el primer pie en el tramo de escaleras que ascendía, lo supo. Nada había cambiado, horas interminables delante de los folios de papel esperando el milagro, pero ya dudaba siquiera poder atrapar las ideas aunque fueran concedidas, debido a su pulso poco firme, ese temblor convulsivo que desde hacía muchos días - en los que cada hora pasó con dolor de alfiler en su punta- de pronto le sacudía y mojaba su cuerpo como una ducha fría. Pero cuando subía las escaleras por última vez, tenía ya la certeza completa. Al traspasar la puerta, el olor lo impregnaba todo. Aquella marea de peste desagradable se extendía por doquier. Contempló el cuerpo en el suelo, esquelético debido a la falta de alimento (¿pero qué alimento?, se preguntó). Toda la sensualidad que alguna vez se hubiera concentrado en aquel cuerpo desnudo, en aquellos pechos, ahora flácidos contra el suelo de madera de la buhardilla, en aquellas piernas esqueléticas y aquella espalda huesuda derrumbada apuntando al techo. -..,n la espalda.o ahora cuando me acuesto, me cuesta mucho dormir y si lo hago me despierto con un sudor fr floder atrRompí el círculo, chico. ¿Qué otra cosa podía hacer? – y le dio un nuevo trago a la botella entre sus manos mugrientas. – Para aquel entonces ya estaba loco, o me volví loco después –Sonrío a través de un diente roto. - ¿Qué mas da? Tembló de nuevo bajo aquellos cartones sucios, en la entrada del flamante Banco Hispano-Americano. Dejo de sonreír. – Lo que no puedo olvidar chaval, era su cara. Y aquellos ojos... –tembló como azotado por un vendaval glaciar. -...aquellos ojos, que morían poco a poco cuando borré un extremo del dibujo en el suelo, cuando me abalancé sobre el cuerpo y la cogí entre mis brazos. – Ahora son sus ojos los que lloran, y no los de ella. - No pude hacer nada. Se murió a la vez que se marchaba, que su jodido cuerpo desaparecía de entre mis brazos – se miraba los brazos, y en su ropa harapienta no conseguía imaginarme algo así, aunque, sabía que aquello era cierto, sin saber por qué. - Al final lo conseguí, ¿sabes? –dio otro trago a su botella, y eructó, con lágrimas en los ojos.- Al final ninguno tenía lo que yo había perdido tantos años. Sabes – y empezó a reírse desquiciadamente- yo la maté, yo la maté- me agarró violentamente clavando los dedos de sus manos de uñas sucias en mis hombros, y su fétido olor me envolvió como un sudario. - Yo maté la inspiración. –susurraba en sus ojos fuera de las orbitas. – Yo la maté, yo la maté, yo la maté, yo la maté... Eso me lo contó hace dos semanas, a las tres de la mañana mientras esperaba sentado al búho (el autobús nocturno, aquí en Madrid), a venir a recogerme y llevarme a mi casa en el Puente de Vallecas. Por aquel entonces era un mendigo, hacía varios años. No se muy bien si todo aquello que me contó era cierto, pero ahora cuando me acuesto, me cuesta mucho dormir y si lo hago me despierto con un sudor frío en la espalda. |
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11.7.05 09:10 |
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