Sandman
<
Navigation
Cosas que se me ocurren…
Sueño (por Nano)

 


El siguiente texto no lo escribí yo, lo escribió un alumno/amigo y me pareció tan bueno que le pedí permiso para ponerlo.


Gracias Nano


 


Aquel hijo de puta volvió a mirarme con esa media sonrisa y entonces lo supe. Era una cara que no me resultaba familiar, y sin embargo sabía que él me conocía. Sentí que siempre había sabido estar ahí. Cuando reuní fuerzas para acercarme desapareció tras una multitud. Quise gritar y denunciar su condición. Pero me detuve. ¿Quién iba a creerme?


 No era la primera vez. Uno siempre sabe que un sueño es un resumen de su verdadero yo. Los más eruditos –las abuelas, por ejemplo—siempre pensaron que era una espita por la que liberábamos la presión de nuestros miedos y deseos, un resumen de nuestros pasados y futuros. Por eso es tan extraño cuando. Por ejemplo: recuerdo que cuando iba a casas de amigos o familiares notaba que olían. Cada una tenía un olor diferente, peculiar. Me asombraba que mi casa no oliese a nada. Y así descubrí que uno nunca sabe cómo lo perciben los demás y que ninguna experiencia sensorial es única en su pragmática, aunque lo sea en cuanto a trocito de vida.


 Y eso es lo que ocurrió aquella noche, poco después del concierto de Dylan en el campo del Rayo. Soñé una casa. Y una mujer. Y un apartamento pequeño por la zona de la Cava Baja que yo no sabía recordar y que, sobre todo –eso me dio la pista—, olía. Pensé, no se si aún soñando, que yo no podía oler aquella casa si fuese mía de alguna intrincada manera. Ella también olía, claro, pero no me era una aroma conocido. Ni sus cabellos ni sus hombros me eran familiares. Los hombros son decisivos para saber que estás con una amante, ya se sabe. Pero, definitivamente, me veía diciéndola que la quería... ¡Yo!


 Entiéndanme: no es que uno no sueñe a menudo con desconocidas, a menudo resumen y compendio de las que verdaderamente deseamos, mujeres perfectas o malvadas –casi siempre es lo mismo, qué le va a hacer—a las que pedimos sexo, ayuda o refugio o sumisión. No: el problema es que para ella yo no era un desconocido. Había una historia llena de sobreentendidos que sólo ella comprendía: teníamos un pasado, respuestas corrientes, guiños inteligibles sólo para nosotros... sólo que yo no comprendía. Ninguna de esas pequeñas claves me hacía ser yo con ella, desconocía el pasado al que se refería y nada en el sueño me hablaba de nuestra vida juntos.


 Me desperté un poco perplejo. Al principio pensé que algo había comido, o bebido, o fumado... Pero no. Era un sueño normal. Simple. Casi pequeño burgués, en un decorado tipo película de Resines. Un asco de sueño, vaya, un sueño que podría haber sido de alquiler. De hecho...


 Lo segundo que me extrañó –para entonces me había duchado y desayunado—es que yo estaba horriblemente enamorado por aquel entonces. Nada de pillado, o encoñado: enamorado con cintitas rosas y deseo puro, en esa neblina que apenas nos deja ver nada, flotando a tres dedos de las aceras. Y resulta que no soñaba con ella (Vico se llamaba, y se llama: no doy detalles porque son dolorosos incluso, espero, para ella). Nunca soñaba con Vico. Puede que fuese porque nos teníamos. La corriente popular, aunque no las abuelas ni Segismundo, dice que queremos lo que soñamos. Las abuelas y Segismundo siempre supieron que es al revés. Ergo, yo tenía que soñar con Vico, no con aquella pareja estable, secular, para toda la vida. Y no. Vico no aparecía.


 Poco después tropecé con alguien en una calle. Fue un tropiezo sin importancia, uno de esos de perdón-no-pasa-nada y sigues andando. Pero ese tipo ¿por qué sonrió? Uno no sonríe cuando tropieza. Simplemente te azoras o pones cara de nada y sigues el hilo de la calle. Pero él sonrió levemente, sin apenas mover la comisura de la boca. No le di importancia.


 Hasta la semana pasada. Volví a soñar mi vida con aquella otra mujer. Como habían pasado más de 20 años de la ocasión anterior y he leído mucho más, en el duermevela me puse erudito hasta lo repelente: acababa de ver un documental sobre supercuerdas y física cuántica y pensé que había pasado, de alguna manera, al otro lado. Que se había abierto una especie de rendija subatómica y había entrevisto una de mis muchas vidas posibles en universos que comparten espacio pero no dimensiones... Estupideces de antes del primer pitillo. Cuando uno lee física y lo combina con su tozuda afición desconfiada a Borges pasa lo que pasa.


 Y entonces sucedió: me sonrió la misma sonrisa de hace veinte años. Quizá desconfió de mi memoria y por eso esta vez no se animó a tropezar conmigo. Pero esta vez lo estoy persiguiendo. No pienso parar de perseguirlo, jamás. Quiero mi sueño con Vico. Quiero mi sueño con Aurora, con mi hijo, con mis libros y mi casa. Quiero mis mundos, mis miedos y mis pasiones, mis pecados y mis glorias, mis mentiras, mis futuros. No quiero volver a soñarme en una casa que huele

3.3.05 22:54


 [next page] powered by
20six.co.uk