Sandman
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Cosas que se me ocurren…
Cuento de nuevo año

 


Le miraba a los ojos mientras movía las piezas, el alfil al rincón.fficeffice" />


-         No tienes porque seguir jugando, eso lo sabes ¿no?


 


Ella sonreía, divertida, ante la idea de abandonar. Sería fácil. Tumbar el rey, rendirse, dejarlo todo sin más. Era fácil, y por ello precisamente no lo haría nunca. Nunca.


-         Puedo hacerlo, si, pero creo que –sonrió divertida- prefiero jugarme el todo por el todo.


 


Movió el caballo, trazando una L imaginaria, y se colocó al lado de un peón enemigo avanzado. Sus piezas negras brillaban bajo la luz de un foco, en algún sótano de una ciudad.


El se quedo pensativo, por un instante. Rascó su barba blanca ligeramente y esbozó una mueca. No necesitaba aquello se dijo, y aun así era totalmente necesario. Al menos para ella. Movió una posición la reina.


Ella se sorprendió y apretó sus nudillos. Puso sus dedos sobre su propia reina…


 


… Había una sala blanca, y los azulejos resplandecían blancos. Un fuerte olor a cerrado, aséptico y ocre reinaba en toda la sala. Instrumentos con brillos metálicos se divisaban allí o acá.


Sonaban gritos, gritos desgarradores. Y luego un tenso silencio, y un repiqueteo suave, como si hubiera llovido un solo segundo en la sala. Y luego un llanto de bebé.


Nunca recuerdo como fue la primera vez que distingo en saber como me abrazaba mi madre. Yo era pequeña, y entraba entre sus brazos, acunada, con un calor corporal cien veces mejor que ninguno nunca producido por medios artificiales. Cuando me abrazaba, no había nada más. Nada. No existía ningún problema en el mundo que me pudiera afectar. No había enfermedad, no había soledad, no había guerra.


Solo estaban los brazos de mi madre, y yo entre ellos.


 


-         Pero si sigues así perderás. –Le decía.


Ella parpadeó confundida. Miró la pieza que recién había movido y le preguntó


– ¿Te importa que deshaga mi última jugada?


El sonrío. – No puedes deshacer tu última jugada, en este juego no hay vuelta atrás. Nunca. – y la sonrisa permaneció después de haber acabado su frase.


Ella sonrió. También lo sabía, pero aún así intentó mover la pieza. Estaba como pegada al tablero, es mas, ahora que se fijaba, era parte del tablero. No había distinción, ni juntura visible entre la base de la ficha y el resto. Era sorprendente, y aún así ella lo aceptaba con naturalidad.


Le tocaba jugar a él. Miro con cuidado las fichas, no había prisa, si tienes todo el tiempo del mundo nunca se tiene prisa. Movió esta vez el alfil, comiéndose un peón demasiado adelantado, demasiado arriesgado…


 


…Tenía diez años. El se llamaba Fermín y tenía once. Era un primo lejano, y nunca le había caído especialmente simpático. Sus padres se habían vestido de negro.


-         Sandra llegará de un momento a otro. No te preocupes, no volveremos tarde. Se buena y no le des mucha lata ¿vale? –


Su madre acarició su barbilla suavemente, sonrío fugaz, y salieron por la puerta.


Ella sabía que algo había pasado con Fermín, pero no sabía con exactitud que podía haber sido. Cuando había preguntado, simplemente le dijeron que había sufrido un accidente y que Fermín se había marchado, sin más. No le dijeron donde, ni por cuanto tiempo. No le dijeron si volvería a pelearse con el.


Y entonces supo que se había muerto.


Se sintió extraña. Con el tipo de extrañeza que se siente cuando no se siente nada, no se siente pena, no se siente alegría, ni vacío. No se siente ni tan siquiera indiferencia.


No se siente absolutamente nada.


Sonó el timbre. Preguntó, y era Sandra. Le dio un abrazo, nada mas verla, mientras ella lloraba. “No pasa nada” le repetía. “Todo va bien”


 


-         No voy a permitir que sigas jugando así – espetó de golpe ella. – No creo que tengas mucho derecho a intentar perder la partida.


-         ¿Yo? – Se mostró sinceramente sorprendido. –Te equivocas, juego para ganar. Si te he dado esa impresión me equivoco.


-         ¿Por qué ganar? ¿Por qué no simplemente jugar infinitamente, si podemos hacerlo?


-         Muy sencillo. No hay forma posible de conservar el equilibrio para siempre. Siempre habrá pérdidas, siempre habrá piezas ganadas para nuestro bando, y al final, aunque se intente conservar el equilibrio, la balanza se decanta en una dirección.


-         ¿y luego?


-         Luego no ocurre nada. Simplemente es el final de la partida.


-         Así de simple.


-         Así de simple.


 


Peón a Caballo. C3 D4. Levantó el peón con sus dedos, y desplazó al caballo, retirándolo del tablero. El gruñó, disgustado…


 


-         Me haces daño.


-         Lo siento. – Totalmente ruborizado, él se retiró en el coche. Era patético verle con los pantalones bajados. Ella pensó que muchos hombres, por no decir todos, podían ser perfectamente atractivos con la ropa puesta, pero cuando se la quitaban perdían el encanto como descendiendo a toda velocidad en una montaña rusa. Y sin embargo, allí estaba ella, y allí estaba él.


-         Perdona – le temblaba un poco la voz. – No quería…no sabía si…-y volvió a ruborizarse.


-         No pasa nada – dijo ella. – Estoy un poco nerviosa, es simplemente eso. De verdad que quiero hacerlo – le acarició el pecho con su mano.


En realidad, no deseas hacerlo


-         Si, lo se, pero siendo la…- se quedo pensativo un instante y apartó los ojos. - …la primera vez.


-         Tranquilo. Si quieres lo volvemos a intentar


No quieres volver a intentarlo. Quieres que se marche, quieres que se aleje, quieres que nunca más te vuelva a tocar


-         No se, si quieres. –sonrió. –Intentaré tener mas cuidado esta vez.


Esa noche perdí mi virginidad. No fue especial, no fue un momento mágico. Muchas veces me habían contado historias sobre la primera vez, y cuando intento recordarla, pasados los años, no puedo evocarla. No puedo distinguir los detalles. Y los detalles lo son todo, a veces.


 


 


Movió lentamente las torres y el rey. Era la primera jugada que realizaba con ambos, y podía permitirse el enroque. Se sintió más cómoda. Había conseguido que el perdiera sus dos caballos. Tendría que jugarse gran parte con estrategia de alfiles y la reina. Pero su reina, la reina blanca, era mortífera. Sabía como moverla, y debía tenerla bajo control en todo instante.


-         Sabes jugar bien.


-         Lo he hecho durante mucho tiempo


-         Yo también, pero sigues sabiendo como encontrar puntos débiles.


-         Pero cada vez que encuentro un punto débil, aprendes para la siguiente partida. Aprendes que ese punto necesita reforzarse.  De esa forma, tu fracaso te hace mas fuerte, y es lo mejor que puedes hacer con ello.


-         ¿Crees que se puede aprender? ¿Que realmente se puede evolucionar?


-         ¿no lo ves? Cada palabra que dices es una evolución. Cada vez que mueves es un avance.


-         Pero hay movimientos mas adecuados que otros, hay palabras más certeras que otras.


-         Solo son movimientos y palabras. No hay un concepto absoluto. Cada uno intenta elegir el movimiento que es el “mejor” para si mismo. La única lucha que existe es por tener la oportunidad de realizar ese movimiento.


-         De acuerdo. Pero déjate de charlas, que te toca mover y no tenemos todo el día.


-         Si que lo tenemos.


-         Bueno, vale, pero mueve.


 


Era feliz. Por una vez, era feliz. No lo que se dice extasiada, obnubilada. Era feliz, ese tipo de felicidad que se deshace lentamente en la boca, en silencio, cuando todo parece que fluye a través de ti, en paz. Estaba en su habitación, en otoño. Juan vendría a recogerla pronto. Soplaba el viento, y los pájaros volaban de una rama a otra en los árboles del patio interior del bloque de pisos en el que vivía. No pasaba nada más que el olor de lluvia recién caído, no pasaba nada más que el piar de los pájaros a medida que se va poniendo el sol, y un fulgor distante que se va poniendo. Sonó el timbre, y se acercó a la puerta. Abrió y era Juan, y le dio un beso, uno más, de los muchos que le había dado. Y sin palabras los dos se sentaron en la ventana y contemplaron la maravilla, al otro lado.


Una televisión, en un piso contiguo, escupía noticias sobre muertos en una catástrofe natural…


 


-         Jaque.


Contempló asombrada, el tablero. Se sentía con un dolor en el corazón, lejano, algo ínfimo pero percibible.


-         Pero ¿cómo?


-         No moviste bien esa pieza, y con mi reina – acarició la reina blanca – he conseguido darte jaque.


-         Aquí puedo mover – se quedó pensativa – Creo que si muevo aquí no habrá problema.


-         Es una buena opción, pero entonces podré comerte a la reina.


-         Tu mismo.


 


 


Murió sola, en su habitación, a oscuras. Su hija la encontró, acostada, y dormida. Dormida muy profundamente. Cuando levantó la persiana se dio cuenta. Y sin más se marchó su madre, para no volver. Y siempre la recuerda que cierra los ojos, en una habitación, a oscuras.


 


 


-         Jaque de nuevo.


Sentía el sudor en la frente, pero cuando pasó su mano, no había nada. Se sorprendió y el sonrío ligeramente.


-         Tranquila, nos pasa a todos.


-         ¡Pero yo intentaba jugar lo mejor que podía!


-         ¿Y? La partida sigue, y al final uno no siempre consigue lo que busca.


-         ¿Para que sirve jugar, entonces?


-         Aprendes. Te ríes. Lloras. Te lamentas. Discutes. Te sientes solo. Olvidas. Te aman, amas. Finges, sientes el cerco alrededor del corazón. Eres feliz, te llenan de luz, te entregas. Vives.


-         Y luego mueres.


-         Es lo que hay. Para ti, para todos.


 


Sentía un dolor en el costado izquierdo. No era la primera vez, y aun así se ocultó instintivamente con la mano derecha. Juan, a su lado, la miró extrañado.


-         ¿Te ocurre algo?


-         No, no. Solo he sentido frío.


-         ¿Hace frío, eh? – Juan miró al cielo, y la luz acarició sus canas, volviéndolas blancas como la nieve. – Han cambiado mucho las cosas desde la última vez que vinimos aquí ¿verdad?


-         Si. Las cosas siempre cambian, incluso ahora. Otro año más a la lista. Otra nochevieja en esta ciudad, que…- se quedó silenciosa de golpe mirándole.


-         Que envejece ¿cierto? ¿No era eso lo que ibas a decir? – Sonrío, y ella le quiso aun mas, la punzada en el pecho se intensificó. – Somos ya ancianos, mi niña – aquí ella soltó una carcajada- . No tenemos vuelta atrás, nuestros hijos se han casado, menos el pequeño. Ese todavía no sabe ni que hará con su vida, pero igualmente se ha hecho mayor. Y nosotros más mayores aún que todos ellos juntos.


-         Y aquí estamos, en nochevieja, viendo como llegan las doce en un reloj, como tantos años.


-         Pero estamos juntos ¿no? ¿no te parece suficiente? ¿no te vale?


-         Es más que suficiente. Es todo lo que quise pedir.


El dolor en el costado se suavizo un poco, atemorizado ante la posibilidad de romper un momento tan hermoso.


 


-         No puede ser


El la miró en un momento que se hacía interminable, en silencio.  – Me parece mi niña que es así.


Ella despertó a un recuerdo lejano. Alguien, en otra vida, la había llamado así, alguien a quien ella amó.


-         ¿No queda otra opción?


-         No hay otra opción. Al final, el juego acaba. Es la única regla inmutable de todo.


-         ¿Y si hubiera ganado? ¿Y si hubiera sido yo en lugar de tú?


-         El resultado es el mismo, el juego acaba. En realidad, el resultado siempre será lo mismo.


-         Entonces te repito, ¿por qué jugamos?


-         Y yo te repito de nuevo, es la única forma de vivir. Es la única forma de disfrutar el juego, independientemente del resultado.


-         ¿Y el misterio?


-         El misterio es no saber el resultado. Y lo mejor, es saber que el resultado es lo mismo, porque el final es el mismo.


Ella no entendía, pero sus labios se curvaron y se sintió feliz. Era la hora de la despedida.


-         Nos vemos en la próxima entonces –


-         Claro – y él la miro fijamente, con un leve rasgo hipnótico en la palabra.


-         Estuvo bien. Gracias


-         De nada. ¿te importa que lo diga?


-         No, no. Adelante.


El suspiró ligeramente. Luego abrió sus labios y las palabras resonaron en cada rincón de la sala.


- Jaque Mate.


 


Tumbó lentamente su rey.


 


 


La oscuridad llegó sin previo aviso, sin señales especiales. El dolor en el costado se intensificó aquella noche, y las estrellas brillaron un poco más, o eso le pareció. Se desplomó y oyó voces alrededor, pastosas, lentas, como si la cinta se hubiera roto...Y la negrura mas allá de los parpados era indefinible, mucho mas que la ausencia de luz, mucho mas que la ausencia de sonido. Y en el último momento, cuando a punto estuvo todo de desaparecer y convertirse en nada, sintió un roce en la mano, y ella sonrío interiormente, sin fuerzas para transmitirlo fuera. Sintió calor y la última imagen fue un patio interior, unos árboles y pájaros revoloteando de un lado a otro bajo un cielo de otoño…


 


Y luego hubo solo silencio.


 


 


 


 


 

2.1.05 22:28


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