| Fin |
| A veces caes, A veces Vuelas |
| Rescatando del Olvido |
| Sueños |
| Un día mas |
| Canciones, sueños, todo es lo mismo |
| Pesadillas |
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Autobús, metro
A él le gustaba sentarse en los bancos del metro, observando como llegaban uno tras otro los vagones llenos de personas, que salían, que no se miraban, que caminaban deprisa como si las salidas no existieran. Y él veía todo aquello desde su posición privilegiada, desde su burbuja en calma, que hacía que todo se volviera más suave y los cantos menos afilados, menos hirientes, y las miradas más dulces, más amables. Normalmente sonreía y su contraste llenaba con la luz del mismísimo sol las cuevas subterráneas del suburbano.ffice A ella le gustaban los detalles inútiles, las cosas abandonadas en el suelo, los tickets que la gente mete entre el hierro y el plástico de los asientos del autobús. Le gustaba leer mientras viajaba y perder la sensación de saber donde se encontraba, para finalmente levantar los ojos y tener que salir corriendo a riesgo de pasarse de parada. A el le gustaba tararear mientras caminaba, y que la gente le mirara de reojo cuando notaban algo extraño en su conducta por lo demás gris y habitual. A veces caminando, saltaba entre los azulejos siguiendo una invisible rayuela, o caminaba como un funambulista sobre el hilo del cemento entre baldosas. La gente por lo general le miraba, pero rara era la vez que le decían algo. A ella le gustaba la sensación de leer por encima del hombro de alguien, a escondidas, de forma que cuando parecía que iban a descubrirla, miraba ingenuamente al frente, con una mirada absorta. Le gustaba mirar a los ojos de la gente y justo cuando devolvían la mirada desviarla, como si una súbita timidez la hubiera afectado. A el le gustaba mirar su reflejo en los cristales, cuando pasaba, fugaz, pensando que era otra persona la que pasaba. Muchas veces se quedaba observando sus propios ojos en el espejo del baño, fijos, y entonces su propia cara se ampliaba y se distorsionaba un poco y aparecía otra cara, una que daba un poco de miedo, pero que tenía una tremenda curiosidad por saber quien era ese que le miraba desde el otro lado. A ella le gustaban los gatos. Su barrio tenía decenas de ellos, y ella pasaba muchas noches observando como jugaban, en la noche, cuando nadie les molestaba con mimos y cariños que no pedían. Entonces ella sabía que el barrio en realidad les pertenecía y que ellos eran simplemente invasores que un día tendrían que marcharse, derruyendo aquellas moles inmensas de cemento y ladrillo levantadas, aquellos insultos construidos contra el cielo estrellado. A él le gustaban los sueños. Soñaba a veces, otras no. De lo que soñaba, a veces recordaba, otras no. De lo que recordaba, a veces le gustaba, otras no. Y luego había sueños que sabía que tenía que soñar y que no habían llegado. Y cuando estaba despierto respiraba esos sueños y los llamaba en silencio. A ella le gustaba la soledad. Le gustaba imaginar que un día llegaría su compañero, como los gatos, y que simplemente jugarían hasta quedar exhaustos, y luego, cuando el juego acabara, soñarían juntos. Le gustaba entonces su soledad, más que nunca, sabiendo que su espera tenía un motivo, y en esos días paseaba, o se marchaba al cine sin avisar a nadie, o cogía un autobús que la llevara a cualquier parte. A él le gustaba su soledad. Sentía el inmenso peligro en las manos de un deseo que estaba por cumplirse. A veces los cordones de sus zapatos lo gritaban, y también la maquina de cafés del trabajo. También lo susurraban el siseo de la cisterna del baño, el silencio que emiten las paredes, y las sábanas deshechas de la mañana. En esos días sentía ganas de llorar y reír al mismo tiempo, y elegía una de las dos y la llevaba a cabo. Le gustaba en aquellos momentos dar paseos, marcharse a los parques sin avisar a nadie, o entrar en el metro a observar la gente correr a sus salidas inexistentes. Un día él sabía que cogería un autobús. Y ella sabía que un día cogería el metro. |
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5.10.04 01:17 |
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